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LUIS MATEUS & La Nueva Generación
 

El vallenato
 
Por: P. Efraín Aldana S.J.
Agosto 19/1999

La música es el arte que más nos une por encima de credos, razas o culturas. Ella va creando solidaridades al identificar sentimientos, sueños imaginarios. Recordemos que el oído es el sentido que primero desarrollamos y el último que se extingue. Desde el seno de la madre, sin ver ni caminar, ya oímos la voz de nuestra madre. Kepler hablaba de la música de los planetas y consideraba a Dios como un gran músico.

En nuestra tierra creo que el vallenato ha superado a la cumbia como memoria popular, como expresión del mestizaje, de los sufrimientos, anhelos y luchas de nuestro pueblo. Al estilo del corrido mexicano, de la samba brasileña, del tango argentino, ha ido rescatando la maltrecha identidad nacional. Con el acordeón español, la caja africana y la guacharaca indígena le ha ido cantando al amor, a la naturaleza, a las costumbres, a los dolores y lágrimas de la gente, al amigo, a la esposa, a la amante, en fin, al alma de la existencia. El mito de su formación con la piqueria de Francisco, el hombre, con el diablo, nos da pautas para interpretar el sentido más oculto del vallenato: expresión artística de la lucha por la vida. Ese desafío es la manifestación de una guerra a muerte contra el mal, en todas sus manifestaciones de soledad, desengaño, enfermedad, traición. Lamento con sabor de caja, acordeón y guacharaca. Percusión que reanima al cuerpo lastimado, bajos sentidos y profundos que remueven nostalgias y raspa inmarcesible que llama a rastrear los caminos de la vida con ritmo, gracia y alegría.

El vallenato con sus cuatro modalidades: paseo, puya, son y piqueria, recorre diversos ritmos musicales para poderse volver romántico, amoroso, pícaro o humorista, hasta irónico, para poderle cantar a todos los tenores y episodios de la vida. Así ha podido llorar, reír, gozar, narrar, denunciar o defender. Puede llamar al Río Badillo como testigo de un inmenso amor, a los requiebros de Isabel Cristina en el aserrío, a los lamentos de la patillalera "porque su hija, que más quería, un dueño de carro cargó con ella" o buscar identificaciones con un Cóndor Legendario para poder unir esos sentimientos tan contradictorios de la alegría y la tristeza, del triunfo y los desengaños.

El vallenato ha inmortalizado a Matilde Lina, a la Alicia Adorada, a la Maye, a la Adaluz, Isabel Cristina, Mercedes, Marylí. Nos ha permitido entender lo del contrabando en la alta Guajira, con el Tite Socarrás, o las maniobras de los rateros honrados con la célebre custodia, o los encantos de una Hamaca Grande pa poder cantar meciéndose en ella.

Aunque toma su nombre y prácticamente nace en el Valle de Upar, se hace más maduro en las sabanas del Bolívar grande. Al lado de Escalona, Alejo Durán, Diomedes y los Zuleta, tenemos que colocar a Adolfo Pacheco, a Toño Fernández y a Leandro Díaz. Cuando comenzaba a charranguear mi guitarra me fue saliendo una cumbia por la Paz, después de algunos años ya me sonó un vallenato clásico a la Candelaria, ahora seguro que me saldrá "sabanero". Al vallenato no podemos identificarlo con parranda, ron y mujeres. En él la gente se ve reflejada en su cotidianidad, es su "testamento" histórico, es una mirada profunda de la vida con los ojos del alma. Precisamente, Leandro Díaz ciego le arranca a su acordeón las canciones más sentidas.

Ha tenido también una función sociopolítica, en la reconstrucción de una identidad descuajada, en el rescate del folklor, de los valores regionales, en las denuncias a todo tipo de discriminación. Ha ido pintando con música nuestra realidad social, con esa búsqueda dolorosa que también sabe cantarle al "mochuelo", a la fuga con la amada en el 039, a las "ausencias", a su "gota fría" que se siente en los momentos difíciles.

En fin, tenemos que aprender a cantarle a la vida, pero con lo nuestro.

Tomado de: El Colombiano


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