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La
música es el arte que más nos une por encima
de credos, razas o culturas. Ella va creando solidaridades
al identificar sentimientos, sueños imaginarios. Recordemos
que el oído es el sentido que primero desarrollamos
y el último que se extingue. Desde el seno de la madre,
sin ver ni caminar, ya oímos la voz de nuestra madre.
Kepler hablaba de la música de los planetas y consideraba
a Dios como un gran músico.
En nuestra tierra creo que el vallenato ha superado a la
cumbia como memoria popular, como expresión del mestizaje,
de los sufrimientos, anhelos y luchas de nuestro pueblo. Al
estilo del corrido mexicano, de la samba brasileña,
del tango argentino, ha ido rescatando la maltrecha identidad
nacional. Con el acordeón español, la caja africana
y la guacharaca indígena le ha ido cantando al amor,
a la naturaleza, a las costumbres, a los dolores y lágrimas
de la gente, al amigo, a la esposa, a la amante, en fin, al
alma de la existencia. El mito de su formación con
la piqueria de Francisco, el hombre, con el diablo, nos da
pautas para interpretar el sentido más oculto del vallenato:
expresión artística de la lucha por la vida.
Ese desafío es la manifestación de una guerra
a muerte contra el mal, en todas sus manifestaciones de soledad,
desengaño, enfermedad, traición. Lamento con
sabor de caja, acordeón y guacharaca. Percusión
que reanima al cuerpo lastimado, bajos sentidos y profundos
que remueven nostalgias y raspa inmarcesible que llama a rastrear
los caminos de la vida con ritmo, gracia y alegría.
El vallenato con sus cuatro modalidades: paseo, puya, son
y piqueria, recorre diversos ritmos musicales para poderse
volver romántico, amoroso, pícaro o humorista,
hasta irónico, para poderle cantar a todos los tenores
y episodios de la vida. Así ha podido llorar, reír,
gozar, narrar, denunciar o defender. Puede llamar al Río
Badillo como testigo de un inmenso amor, a los requiebros
de Isabel Cristina en el aserrío, a los lamentos de
la patillalera "porque su hija, que más quería,
un dueño de carro cargó con ella" o buscar
identificaciones con un Cóndor Legendario para poder
unir esos sentimientos tan contradictorios de la alegría
y la tristeza, del triunfo y los desengaños.
El vallenato ha inmortalizado a Matilde Lina, a la Alicia
Adorada, a la Maye, a la Adaluz, Isabel Cristina, Mercedes,
Marylí. Nos ha permitido entender lo del contrabando
en la alta Guajira, con el Tite Socarrás, o las maniobras
de los rateros honrados con la célebre custodia, o
los encantos de una Hamaca Grande pa poder cantar meciéndose
en ella.
Aunque toma su nombre y prácticamente nace en el Valle
de Upar, se hace más maduro en las sabanas del Bolívar
grande. Al lado de Escalona, Alejo Durán, Diomedes
y los Zuleta, tenemos que colocar a Adolfo Pacheco, a Toño
Fernández y a Leandro Díaz. Cuando comenzaba
a charranguear mi guitarra me fue saliendo una cumbia por
la Paz, después de algunos años ya me sonó
un vallenato clásico a la Candelaria, ahora seguro
que me saldrá "sabanero". Al vallenato no
podemos identificarlo con parranda, ron y mujeres. En él
la gente se ve reflejada en su cotidianidad, es su "testamento"
histórico, es una mirada profunda de la vida con los
ojos del alma. Precisamente, Leandro Díaz ciego le
arranca a su acordeón las canciones más sentidas.
Ha tenido también una función sociopolítica,
en la reconstrucción de una identidad descuajada, en
el rescate del folklor, de los valores regionales, en las
denuncias a todo tipo de discriminación. Ha ido pintando
con música nuestra realidad social, con esa búsqueda
dolorosa que también sabe cantarle al "mochuelo",
a la fuga con la amada en el 039, a las "ausencias",
a su "gota fría" que se siente en los momentos
difíciles.
En fin, tenemos que aprender a cantarle a la vida, pero con
lo nuestro.
Tomado de: El Colombiano
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