Los años
sesenta acompañaron la poética de un muchacho
desgarbado y con pena en el alma mitigada con canciones al
desamor y la añoranza. Gustavo Gutiérrez componía
para su dama en la forma lírica que su mente le imprimía,
con la métrica propia de su formación académica
y la musicalidad que sólo su corazón aceptaba.
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